Artículo de Paul Ibarra: Una hermosa amistad

la cocina en el cine

Babette paseaba nostálgica por la ribera del Sena. Por fin había dejado, aunque fuera temporalmente, Berlevaag. Aquel apacible pueblito de pescadores noruego, escondido entre sus fiordos, que le acogiera como a una más de sus hijas en el 71, cuando tuvo que huir precipitadamente de París en plena guerra franco-prusiana.

Era mediados de diciembre de 1895 y al pasar por el número 14 del Boulevard des Capucines observó un enigmático cartel pegado en su vidriera:

LE CINEMATOGRAPHE

SALON INDEN

14. Boulevard des Capucines. 14

PARIS

“Este aparato inventado por MM. Auguste y Louis Lumière permite recoger, en serie de pruebas instantáneas, todos los movimientos que, durante cierto tiempo, se suceden ante el objetivo, y reproducir a continuación estos movimientos proyectando, a tamaño natural, sus imágenes sobre la pantalla y ante sala entera”.

Babette había sido la cocinera del “Café Anglais” (que tuvo fama de ser el mejor restaurante del mundo), y era por naturaleza curiosa, así que pagó el franco que costaba la entrada y bajó al sótano del local, al “salon Indien”. Se acomodó, apagaron las luces, un resplandor surgido del fondo de la sala se extendió sobre una pantalla blanca y ¡¡voila!!, ante sus alucinados ojos unos obreros salían de la fábrica Lumiere en la plaza Bellecour de Lyon. Había nacido el cine.

Desde que Chaplin matara el hambre zampándose con cuchillo y tenedor su viejo zapato, el cine y la gastronomía han paseado de la mano en un sinfín de ocasiones.

Ha habido escenas delirantes como en la que CC Baxter (Jack Lemmon) muestra su mejor revés escurriendo la pasta con una raqueta de tenis en “El apartamento”.

Se han rodado momentos inolvidables, como cuando Golfo y Damita sorben un infinito espagueti que acaba ineludiblemente en beso.

Asimismo se han filmado sabrosas películas sobre cocinas y cocineros, como la frágil y entrañable “Deliciosa Marta” o la animada Ratatouille en las que los personajes parecen estar sacados de una cocina real. Podría presentarte a Linguini, Skiner, Collette, Mustafa y compañía, les conozco a todos, te lo aseguro.

También existen comidas cinematográficas memorables, que nos hacen salivar, nos abren el apetito, como las que oficia el maestro Chu a lo largo de la peli taiwanesa “Comer, beber, amar” de Ang Lee, ¡¡qué hambre!!; o con las que el profesor de astrofísica greco-turco Fanis Boulmetis aromatiza y rememora sus orígenes en la especiada “Un toque de canela”.

Y qué decir de los platos imposibles, como el sorbete de sesos de mono que degustan Indi, la chica buena y Tapón en la mesa del maharahah Salim mientras buscan el templo maldito.

No vamos a olvidarnos ahora aquí de películas que han inspirado alguna fórmula cocineril ineludible, imagínate, Rita Haitwword despojándose de su guante y abofeteando a su partenair, curvilínea, insinuante, pelín picante… como una gilda.

Para terminar la sesión, un petit-four en forma de anécdota: Una vez le preguntaron al orondo Hitchcock como elegiría ser asesinado, a lo que el mago del suspense respondió “Bien, hay muchas formas preciosas; comiendo es una de ellas”.

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